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Dedicado
este escrito en homenaje a todos los niños que han
perdido la vida atropellados dentro de la ciudad y a
unos adultos que por su fe en el automóvil son incapaces
de mover un solo dedo para solucionarlo.
Según el diccionario, libertad es: “la facultad de vivir,
de moverse y de actuar de manera autónoma, según la
propia voluntad y la propia naturaleza, sin estar
sometido a limitaciones ni a impedimentos.....”.
Al igual que el preso trata de huir de la prisión donde
es confinado, el hombre urbano huye del agobio de la
ciudad, tanto el pobre que huye durante los fines de
semana para descubrir un poco de naturaleza: campo,
montaña o playa, o aquel rico que huye del caos de la
ciudad para irse a vivir en las afueras donde hallar un
poco de sosiego y tranquilidad. La ciudad se ha
convertido en un lugar donde se vive prisionero, del que
la máxima ilusión es evadirse.
Esta huida de la propia creación del hombre es
significativo de su incapacidad para construir un
espacio donde las comunidades de personas puedan vivir
en armonía, con un sentimiento de orgullo del espacio
donde habitamos y nos movemos. El eje central en la
planificación de la ciudad tanto de espacios públicos
como privados, no es el hombre como ser completo, ya que
no se piensa en sus necesidades físicas, psicológicas o
ambientales, obedece solo a motivos de especulación, a
pensar en el hombre como “consumidor” como persona
destinada a gastar y producir dinero.
Así nos han habituado a pensar como consumidores, a que
nuestra libertad consista en elegir un producto u otro,
o que la valoración que puedan ejercer los demás sobre
nosotros y viceversa se mida por nuestro poder
adquisitivo y nuestra capacidad para renovar productos
en el menor espacio de tiempo, (el principio que rige la
moda). Así, aunque no nos guste que nos definan como
seres individualistas y egoístas; en sentido literal
solo alcanzamos a ver la realidad de puertas adentro de
nuestra casa. En lugar de pensar, como hombres libres,
que sienten, valoran y aman lo que al tiempo es común, y
es propio a la vez. Se trata de tener la cualidad de
apreciar la realidad de puertas a fuera, de apreciar
nuestro entorno como un todo. Esta realidad que aqueja a
la ciudad se debe a que al habitante de la ciudad le han
robado las calles y las han transformado en vías de
tráfico automovilístico: en un lugar para la velocidad,
en un lugar donde solo hay espacio para el automóvil, en
un lugar donde no te puedes parar porque puedes ser
arrollado.
La realidad de nuestras ciudades esta constituida por la
formación de guettos para los que van a pie; bajo la
tiranía del automóvil que excluyen a sus moradores,
obligándolos a vivir en mundos virtuales como sistema de
evasión que aprisiona su la propia realidad; para ello
Internet o los videojuegos hacen su función, pero la
televisión es el mas común, con sus seductores anuncios
de automóviles que solo contribuyen a hacer más trágica
la realidad de la calle.
Hubo un tiempo, en que las calles eran calles, y no
circuitos para automóviles; un tiempo donde la calle era
el lugar donde los niños salían de la casa a jugar sin
necesidad de que sus padres los vigilasen por los
peligros del trafico, un lugar donde los niños podían
desarrollar su inventiva en mil juegos y
entretenimientos, un lugar donde aprendían a
relacionarse con otros niños, a conocer su entorno en
una aventura; un lugar donde los adolescentes y
enamorados podían encontrar rincones de intimidad; un
lugar de encuentros entre vecinos que se conocían y
practicaban la solidaridad; un lugar donde la familia
podía sacar las sillas y la mesa para cenar a la fresca
sin peligro de ser arrollada por un automóvil o
apestados por los humos de la contaminación; un lugar
donde los ancianos no se veían en la obligación de
recluirse en asilos y residencias porque la calle era un
lugar seguro, y aunque nuestros mayores tuvieran sus
facultades mermadas, podían pasear y sentarse en un
banco a la sombra de un árbol a charlar con otros
ancianos que durante sus recorridos se encontraban, se
conocían, entablaban amistad y formaban un vinculo de
relaciones que les hacia sentirse participes, felices y
orgullosos de habitar un lugar; un lugar dónde sus
habitantes en sus idas y venidas al lugar de trabajo se
acompañan, se saludan, se relacionan, la calle deja de
ser un lugar anónimo sin personalidad; saber que detrás
de cada portal, de cada fachada hay una historia de
personas felices o infelices que enriquecen una visión
del espacio en el que habitamos, que de otra forma seria
un lugar vacío, desangelado y desconocido que pasa ante
nosotros... como las actuales calles llenas de
automóviles donde lo único que se ven son bloques de
pisos en sucesión a imagen de nichos o hileras de “endosados”;
el hombre circula desorientado porque todas las calles
son iguales.
La autentica calle es un lugar que tiene carácter, que
tiene historia, porque cada rincón tiene algo que contar,
a cada palmo de calle le ocurren cosas: donde ayer las
niñas saltaban a la comba, hoy los niños juegan a
canicas; en aquel banco que por la mañana dos ancianos
charlaban sobre el sentido de la vida, al atardecer dos
jóvenes se besaban; mientras bajo el alero el barrendero
se refugia de la lluvia, el perro husmea por la calle
como si tal cosa...
Una calle así, es un lugar donde hay poco espacio para
la delincuencia, porque casi todos se conocen, y las
caras que a diario vemos son algo más que personajes
anónimos sin historia; al contrario que las calles
atiborradas de tráfico, donde lo más fácil es pasar
desapercibido o esconderse. Es fácil comprobar que el
automóvil es una desgracia que pesa sobre nuestras
ciudades, basta con salir por la puerta de casa a la
calle: uno experimenta la sensación de llegar a una
tierra invadida que no nos pertenece; también, al
asomarse por la ventana a la calle y ver la calle
infestada de automóviles y ruido durante el día, o un
inhóspito garaje durante la noche, el ciudadano
experimenta la sensación de fracaso, de frustración, de
que algo enorme esta fallando y nadie hace nada para
remediarlo. En la actualidad la calle es un lugar donde
reina el caos, un lugar de ruptura entre una actividad y
otra, un fastidioso y largo intermedio entre el hogar y
el lugar de trabajo, la escuela, los grandes almacenes,
el polideportivo, el cine, el parque, la universidad, el
gimnasio, la guardería, el teatro, la academia, el
fútbol, etc. un trayecto de tiempo perdido entre un
lugar y otro; y que, en la medida que crece la ciudad
será mayor la perdida de tiempo y el agobio. Perdida de
tiempo provocada por una planificación de la ciudad a la
medida del automóvil, a la medida de unas distancias que
solo en automóvil se pueden superar, y así llevar la
desgracia a todos lados, por muy alejados que estén.
“Huir en automóvil del agobio que crea el propio
automóvil” es el lema, que cada día hace mas grande la
bola del caos. La calle es un lugar en el que no sucede
nada salvo el traslado, el desplazamiento, un tiempo
vacío ocupado sólo por la visión desoladora de coches,
peatones, bloques, semáforos y señales en reiterativa
sucesión. Es la consumación del dinero en Dios: todo lo
domina, y en la calle, es donde realiza el milagro de la
transformación de la vida en dinero, cada habitante
tiene que comprar su automóvil; así la calidad de
“habitante” desaparece al comprar el automóvil y
convertirse en conductor y peatón, porque la calle se
llena de coches, y convertir la calle en una vía de
automóviles cada día más rebosante. Y así esclavos del
coche, el conductor cada cinco años tendrá que cambiar
de automóvil y empeñado con los prestamos y los plazos
durante toda la vida.
El negocio del siglo es que la calle este llena de
coches, si la calle estuviese vacía de automóviles seria
la agonía del Dios Dinero, ya que libraría al hombre de
las cadenas de los prestamos, del trabajo para conseguir
el dinero y media vida perdida en tiempo trabajado para
pagar todos los prestamos. Y tal vez con tanto tiempo
disponible el ciudadano se decidiese a hacer algo útil,
a descubrirse a si mismo y a los demás como un todo, y
adquirir así, una de las cualidades que hace tiempo
perdieron nuestras ciudades: que la vida de sus
habitantes fuese un fluir continuo, la cualidad de
habitar un lugar. Según La Constitución en su art.17:
“Toda persona tiene derecho a la libertad y a la
seguridad”, pero tras lo expuesto vemos que esta
libertad y seguridad ha sido ideada para el automóvil,
no para los habitantes de la ciudad. Queda pues, la
revolución de reconquistar la calle para nosotros: sus
habitantes.
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