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La liberación de las exigencias de los principios
morales, las tradiciones, la ortodoxia y la estructura
vertical eclesial afectan las vocaciones. Esto es así
porque disminuyen la llamada de Dios y la respuesta de
los seres humanos con vocación al ministerio cristiano
en las iglesias históricas.
Lo anterior dicho es un aspecto creciente que sirve para
desmoralizar algunas vocaciones porque causa confusión
la democratización en las iglesias. Para muchos
religiosos y cristianos comprometidos la posibilidad de
equilibrar fe y razonamiento en su relación con Dios y
el prójimo, es algo nuevo y atentatorio a su estabilidad
emocional.
El concepto de democracia y liberación religiosa implica
mayor toma de responsabilidad. Siendo esto algo reciente
para muchos ibero-americanos les provoca perplejidad al
verse desprovistos de la autoridad vertical y la férrea
disciplina impuesta a la que estaban acostumbrados.
Muchos no saben como manejarse en un organismo de corte
democrático. Se crea pues, un sentido de vacío a falta
de dirección centralizada y hace que el comportamiento
de algunas vocaciones sea como el de un adolescente mal
adaptado. En consecuencia, se da por resultado: una vida
frustrada, desencanto de la vocación y en ocasiones, la
pérdida de la fe y el abandono de las funciones
ministeriales. Esto puede ser así, porque como se ha
dicho en el juego de tenis: “no puedes ganar si no
sirves bien”.
Al hablar de vocaciones, no debemos dejar de analizar y
mencionar a los grupos fundamentalistas y sectarios.
Muchos de estos grupos, mantienen una disciplina rígida,
autoritaria e inflexible. Muchas personas se unen a
estos grupos porque consciente o inconscientemente se
adaptan a las normas estrictas para encausar sus
pensamientos y su conducta de vida.
Se ha venido argumentando que personas de escasos
recursos materiales e intelectuales se cobijan más
fácilmente en grupos de estricta observancia religiosa y
de culto emotivo. Esto lo hacían talvez como
compensación por su falta de bienestar social, y sus
escasas facultades intelectuales y emocionales. Esta
modalidad está cambiando y hay formas renovadas dentro
de algunos de estos grupos religiosos, porque sus
características están cambiando debido a que los
miembros y especialmente los ministros son mejores
educados en nuestros días.
Algunos dirigentes de movimientos o iglesias
conservadoras y fundamentalistas, ejercen su liderazgo
amparados en una situación de temor-disciplina-exigencia–emotividad
o de simbolismo mediante imágenes y ceremonias que a
veces rayan con la superstición y la bibliolatría.
Muchos de los fieles fundamentalistas siguen un patrón
como se ha venido haciendo en la tradicional fe o
práctica por siglos en la iglesia de tradición
tridentina. Estos creyentes de las iglesias emergentes
han suplementado rituales, apasionamiento al pastor o
religioso, la veneración de los santos y las
supersticiones del pasado medieval y en estos lugares se
aferran a la bibliolatría y las exaltaciones emocionales.
Anteriormente se decía: “la Iglesia dice”. Ahora estos
hermanos(as) dicen: “la Biblia dice”, o “el pastor
determinó esto o aquello”. Este ejemplo se percibe, se
acepta y se lleva a cabo en lugar de la jerarquía
eclesial o el Magisterio del Vaticano.
El hombre o la mujer de vocación religiosa, pastoral o
sacerdotal en este tiempo, debe tener bien claro lo que
quiere ser, cómo lo puede hacer, y sobre todo, quién es
y cuál es su relación con Dios, con el prójimo y consigo
mismo.
Además de su lealtad a la iglesia institucional y de su
compromiso con la comunidad de fe, la persona debe tener
plena convicción de que su vocación es una respuesta de
su amor a Dios y que no busca su propia gloria o
mezquina autorrealización, sino una identificación con
el Cristo: “servir y no ser servido”. “La mejor forma de
auto-realizarse es sirviendo a los demás, pues la
alegría comienza en el mismo instante en que tú cesas en
la búsqueda de tu propia felicidad para procurar la de
los otros”. (La Alegría… M-12, Prodeco, Barcelona ).
Las vocaciones deben estar revestidas de humildad, y
emocionalmente equilibradas para lidiar con las
contradicciones del mundo. Deben estar espiritualmente
fortalecidas para rechazar las tentaciones e
intelectualmente alerta para desempeñar su función con
aceptable efectividad. Debe tener conciencia social para
mantener buenas relaciones con pobres y ricos, con
débiles y fuertes, con jóvenes y viejos.
El que sirve a Dios y a su Iglesia, debe tener las
condiciones y la voluntad para dialogar, razonar y
convencer a creyentes e incrédulos. Sobre todo debe ser
asiduo lector de las Sagradas Escrituras y de profunda
devoción mediante la oración y la frecuente comunión.
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