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“El
árbol quiere la calma pero el viento no se aplaca”, es
un adagio, precisamente chino, relativo a la objetividad
de la realidad no sujeta a voluntades individuales y/o
colectivas. Adagio que en los actuales momentos les
viene como anillo al dedo a sus creadores; al Comité
Organizador de los Juegos Olímpicos , así como a las
millonarias empresas multinacionales que participan en
la más rentable de todas las inversiones o “patrocinios”,
realizados hasta la fecha en unos juegos de esta
naturaleza.
Los Juegos Olímpicos a realizarse en agosto de este año
en Beijing, han desatado una serie de protestas por la
ocupación militar y el dominio que mantiene el gobierno
de China sobre el mítico y legendario Tíbet. En marzo
pasado, el mundo presenció por televisión la entrada de
seis mil soldados y tanques de guerra en su territorio,
poco antes de que fuese desalojada la prensa
internacional bajo el sospechoso argumento de su
protección, desconociéndose hasta la fecha el numero de
victimas en la contienda.
El trayecto en el viaje de la antorcha olímpica, ha sido
el escenario elegido por los manifestantes para repudiar
la pretensión de acallar las voces de la minoría
tibetana; la que, como debieron haber supuesto, tendría
en su agenda política el aprovechamiento de una ocasión
sin precedentes para airear sus reclamos ante el mundo.
Las manifestaciones comenzaron con el encendido de la
antorcha olímpica en Grecia y continuaron en Londres,
París, San Francisco, etc. Obama, candidato demócrata
norteamericano, le ha solicitado a George Bush que no
asista a la ceremonia inaugural, poniéndosela “en china”
a su presidente, quien es la cabeza visible de las
multimillonarias inversiones de capital norteamericano
en ese país y de gran parte de los más de 60
patrocinadores de dichos juegos.
Y es que cabe preguntarse en que estaría pensando el
Comité Organizador de los Juegos Olímpicos--- además de
en las jugosas ganancias económicas, por
supuesto---cuando eligió a un país que mantiene una
odiosa y muy cacareada ocupación de una pequeña y
desvalida región, cuyo líder espiritual, el Dalai Lama
radicado en el exilio en India, posee un prestigio
internacional que ya quisieran tener monarcas y
presidentes, con quienes dicho sea de paso, se codea de
igual a igual. Y que decir de sus otros seguidores con
opinión pública internacional, los más destacados
actores y actrices norteamericanos y europeos.
El Tibet, cuya historia conocida se remonta al siglo VII
procede de un pueblo donde la tierra era poseída por
familias nobles, monasterios budistas y pequeños
terratenientes, y hasta 1930, unas 700.000 personas
vivían en calidad de siervos en una población total de
1.2 millones de personas. Los chinos, rusos, británicos
y hasta los norteamericanos, ocasionalmente mostraron
interés en esta región, interviniendo pública y /o
secretamente en sus conflictos político-territoriales.
Se le reconoce al régimen chino el haber mejorado
significativamente el nivel de vida de los tibetanos,
rescatándolos de un régimen feudal propio de la Edad
Media, pero se le reprocha la violación sistemática de
sus derechos humanos, la aniquilación de su cultura y
tradiciones y la grosera intervención en su territorio
durante la Revolución Cultural China de 1966 hasta 1976.
Cabe señalar que el derecho de China sobre el territorio
tibetano no es cuestionado internacionalmente por ningún
país, ni tampoco ha sido reconocido el gobierno del
Dalai Lama en el exilio.
En este juego de equilibrio en una dinámica de intereses
en que están envueltas las potencias mundiales con
China, y ante esta volátil situación porque atraviesa la
economía norteamericana, al borde de una recesión, todos
apostaron a ganar, y mandaron el amor y el interés a
jugar a China. Pero no se puede obviar que esta protesta
global en defensa del pueblo tibetano, posee
características imprevisibles.
El Comité Organizador de los juegos que está pichando un
juego de intermediario con una pelota muy caliente, debe
estar preguntándose si verá en China, el fin del ideal
olímpico que preconiza, como si esto fuera posible, la
utópica política de “no política”.
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