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"En
el Macorís de los 40, encontramos una ciudad
esplendorosa, limpia, de gente brillante y amistosa;
recogimos por primera vez los caracoles y uvas de sus
playas, y escuchamos el crujir abrumador de sus olas."
Carteret, Nueva Jersey. (Atanay.Com).-A nuestra llegada
a la Sultana del Este de aquel entonces -cosmopolita,
urbana, de gente abierta y acogedora-, el macorisano nos
abrió las puertas, haciendo con ello, nuestra fácil y
feliz adaptación
En fin, "Un trasplante exitoso". Para esa fecha, apenas
se alcanzaba a ver la colita de lo que fue "El Macorís
de la Tacita de Oro" y "La Danza de los Millones". El
Macorís de grandes escritores, músicos y poetas. Todavía
no se contemplaba el éxodo de sus hijos hacia otros
lares hicimos grandes amigos que son como hermanos.
Echamos verdaderas raíces.
Factor determinante que no podemos dejar de mencionar, y
que jugó un papel importante en nuestra transición, fue
que antes de los años 40, nuestras dos tías Fredy Alonzo
y Ovidia Batista, ya habían asentado raíces,
uniéndoseles más tarde nuestra madre Caridad Batista de
Jorge, siendo las principales comadronas (parteras) del
hospital Charles Theodore Georg.
Por ello cabe decir que: "la mayoría de los macorisanos
nacidos entre los años 40 y 60, nacieron en sus manos".
¡Que levante la mano alguno de ellos! En ese entonces,
los doctores y practicantes del hospital eran la
atracción de las muchachas y los reyes de las conquistas.
El hospital era el centro que lo movía todo en San
Pedro. ¿Cómo permiten los macorisanos que se le quite el
nombre de Charles Theodore Georg al hospital que llevaba
su nombre? ¡Macorís no tiene con qué pagarle al venerado
doctor todo lo que hizo por el pueblo!
En el Macorís de los 40, encontramos una ciudad
esplendorosa, limpia, de gente brillante y amistosa;
recogimos por primera vez los caracoles y uvas de sus
playas, y escuchamos el crujir abrumador de sus olas.
Fuimos testigos de los últimos aterrizajes de aviones
acuáticos en la Avenida del Puerto, un jardín sembrado
de claveles, paseo y sitio favorito, de donde divisar
los hermosos veleros que zarpaban o regresaban con su
pesca de la madrugada.
Ya no se ven los expertos pescadores de entonces, con
sus remos al hombro y sus saltas de pesca'o colora'o.
Como en el Macorís de ayer el tránsito vehicular era
mucho menor, se paseaban entonces los cangrejos y
makeyes por la ciudad, por lo que el gran don Paco
Escribano decía que para hacer la cena sólo había que
poner los plátanos a hervir, y sentarse en la puerta de
la calle con un bate, a esperar que los cangrejos
pasaran.
Algo que no se puede dejar de mencionar, bastante
chocante para nosotros los recién llegados, eran los
grupos de niños detrás de los marineros de barcos de
guerra norteamericanos que arribaban al puerto, pidiendo
monedas o colillas de cigarrillos. Tal vez por la
miseria y escasez de la época, se les veía a veces
descalzos y sin camisa, en su medio inglés de muelle
gritar: "Mitel, Mitel, gui-mi cigaré,gui-mi cigaré, plis".
Por las frecuentes visitas de esas naves y su
tripulaciones, eran frecuentes los desfiles de estos,
hacia los bares y burdeles de La Arena. Ese famoso
centro de desahogo y diversión, que prácticamente se
encontraba dentro de la ciudad, no sólo era frecuentada
por los distinguidos visitantes, sino también por la
juventud y señores serios y respetables de la ciudad.
En el ámbito de la educación, tuvimos la suerte de caer
en las mejores escuelas, que aún siendo unos forasteros
recién llegados, nos codeamos con la élite del pueblo,
donde recibimos la enseñanza de prominentes y recordados
maestros.
En la Escuela Anexa, entonces en la calle Aurora-
continuamos nuestros estudios primarios, terminándolos
cuando se encontraba la escuela frente al Parque
Salvador; el área del parque frente a la puerta
principal de la iglesia, era nuestra única cancha para
jugar pelota con pelotas de goma, por supuesto.
Nos consideramos afortunados de haber recibido los
ejemplos y enseñanzas de doña Blanca Patín de Garrido,
directora; y las profesoras Flavia Coradín, Cecilia Rojo
(Cilita), Mirtha Paniagua, Norca Pedemonte y Ofelia
Moreau Durán.
La Profesora Zunilda Gómez, nunca le dio clases al grupo
de nosotros, pero era la maestra de quien todos
estábamos enamorados; "era una estrella", con el perdón
de Toñin, su hermano. La Escuela Anexa, como escuela
experimental, y dependencia de la Escuela Normal José
Joaquín Pérez, estaba bajo la tutela de la profesora
Cochén Brea, fuerte y estricta como una roca; nadie se
atrevía a salirsele de la línea.
De mis compañeros, sólo voy a nombrar sus apellidos, por
no tener la autorización de usar sus nombres. Ellos y
ellas son: Alarcón, Haché, Soto, Casasnovas, Medina,
López, Robles, Escoto, Rojo, Mercedes, Lluberes,
Figueroa, Caram, Ruíz, Guzmán, Peña, Daguendó, Frías,
Sanlley y De la Rocha.
Otros condiscípulos, uno de nuestra edad y el otro tal
vez un año mayor, en un año escolar más avanzado eran:
René del Risco Bermúdez y Antonio Canto (Toñito) E.P.D.,
Patojo Guerrero, Toñin Gómez, Chumbi Durán y Amador
Cisneros.
Asímismo, quiero recordar y rendir homenaje póstumo a:
Mimi Espinal, Carlos y Frank Molina, Melba Robles E.P.D.
Según recuerdo, el Cuerpo de Bomberos de San Pedro, era
el único cuerpo de bomberos del país, con su propia
banda de música, seguramente reforzada con músicos de la
Banda Municipal. Tenía un distinguido cuerpo de
voluntarios, encabezado por don Fello Kidd, quedando
demostrado el existente alto grado de civismo y servicio
comunitario. Todavía, me parece escuchar la sirena de
las 12, del legendario y majestuoso cuerpo de bomberos.
Por su lado, la gran Banda de Música Municipal, bajo la
dirección de los hermanos Mariano y Cocolin Arredondo,
que nos deleitaba los jueves y domingos, durante las
famosas vueltas al parque, fue la cuna de grandes
músicos petromacorisanos.
El dragado del rio Higüamo, fue una de las odiseas a que
fue sometido el pueblo de Macorís. La labor encomendada
por El Jefe a Félix Benítez Rexach, mantuvo la
ciudadanía al jaque durante largos meses. Las gigantes
tuberías, sin hacer caso al impacto ecológico que
tendrían, fueron colocadas desde el rio, cruzando la
calle Sánchez y otros puntos hasta descargar su drenaje
en el Potrero de Mallén, quedando éste convertido en una
especie de superficie lunar, donde sólo los mosquitos
podían estar. El olor a azufre y el ruido de las
tuberías 24 horas al día, no dejaban dormir a nadie.
Otra de las inconveniencias y dolores de cabeza que
tenía la ciudad, era el transito incansable de las
locomotoras de los ingenios azucareros, que por el hecho
de traer el azúcar a almacenar al muelle, interrumpían
todo el tránsito de la calle de los rieles, cerrando el
paso peatonal y vehicular hacia Miramar. Muchas muertes
fueron causadas por esas locomotoras. Varias
generaciones no llegaron a vivir eso, por lo tanto no
saben de lo que estamos hablando.
A raíz de nuestra llegada, era la época de oro de "Los
Guloyas", con Teófilo Shiverton (Primo) como jefe
supremo y artífice de la coreografía que hasta hoy se
conoce. Veníamos de la tierra del Perico Ripia'o, pero
no duramos mucho en ser contagiados por la flauta y el
redoblante del pegajoso ritmo de las islas. Fue por la
nueva cultura de los Cocolos, que pudimos conocer el
juego de Cricket, pensando a principio que se trataba de
un juego de pelota con un bate aplanado.
Esos emigrantes de las islas inglesas del Caribe, de
costumbres familiares, eran gentes de categoría en su
conducta social y religiosa. Otro de los beneficios
derivados de esa cultura, fue también la receta del
famoso yaniqueque o Johnny's Cake, and ¡May God bless
them for bringing the Guavaberry too!
Al principio, tuve que sobreponerme y hacer frente a las
bromas de los compañeros que me preguntaban si en el
Cibao había luz eléctrica y si habían llegado los
carros; yo, felizmente les contestaba: "¡Muchachos, no
se olviden que el Cibao es lo que le da de comer a la
república entera!"
No se quienes se acordarán del bañito de concreto y la
hilera de matas de almendras del Caribe, como le
decíamos a la avenida frente al mar. Que levanten la voz
aquellos que jugaron en el Play Colora'o y en el solazo
del play del muelle; quiénes hicieron trochas de lona y
pelotas deshilando medias de mujer, y forrándolas con
cinta adhesiva.
Macorís: se te ha ido la mayoría de tus hijos, pero el
esplendor de tus bellos atardeceres y la fresca brisa de
tu mar, te enarbolan aún majestuosa y siempre Sultana
serás.
Chiconino@msn.com |